A la luz de la Carta Pastoral presentada por los obispos católicos de Chile con «una mirada cristiana a la migración», como INCAMI respaldamos la hipótesis que presentaron sobre la regularización. Lo hacemos desde nuestro trabajo en terreno, que nos da un vasto conocimiento de la realidad migratoria, y porque hemos visto de cerca lo que viven las personas migrantes con sus trámites.

Sabemos que las causas de la movilidad humana no están en los migrantes en sí mismos, sino en las realidades que generan el desplazamiento. Las que, a grandes rasgos, tienen que ver con la búsqueda de un mejor futuro para sí y sus familias, en el caso de quienes migran, pero también están aquellos que salen buscando literalmente proteger su integridad o su seguridad, que son las personas solicitantes de refugio.

La carta nos entrega datos para reafirmar que la migración es un fenómeno mundial: «Hace poco más de cincuenta años atrás migraba sólo el 2,3% de la población mundial. Hoy la cifra alcanza al 3,6% (…). Actualmente en Chile vive un total de 1.625.074 personas extranjeras», según los datos del Servicio Nacional de Migraciones, a los que seguramente hay que se sumar tantos más que no han podido ser contabilizados.

Ante esto, como INCAMI creemos que, si se siguen tomando decisiones que hacen caso omiso a lo que ocurre en la realidad, no se obtendrán resultados diferentes. Mientras se permita que siga aumentando la cantidad de personas irregulares en Chile no avanzaremos en más seguridad, tampoco en recibir mayores impuestos como nación ni en construir un país con más justicia social. El no contar con documentos los excluye de un proceso que posibilitaría maximizar su aporte a la sociedad.

La Iglesia no apuesta por una regularización indiscriminada, sabemos que debe ser requisito inexcusable no contar con antecedentes penales. Más allá de ese consenso, vemos en la regularización y en la agilización de solicitudes de visas una posibilidad de vida y de inserción integral. Desde la experiencia, creemos que existen dos vías probables de regularidad: una, por arraigo familiar para aquellas personas a las que la ley no regulariza, y otra, por arraigo laboral. Esta última, es una situación ante la que no podemos hacer vista gorda, porque las instituciones por sí solas han encontrado una manera de resolverlo, en ocasiones acorde a las propias lógicas del mercado o en respuesta a las necesidades de los empleadores.

Las autoridades deben empoderarse de su rol fiscalizador y leer las migraciones con altura de mira, entendiendo que un migrante regular, además de estar identificado, es alguien que aporta dignamente y no es una carga para el país. Los migrantes deben saber que un proceso de regularización implica cumplir la ley, conocer sus derechos y deberes, y ser corresponsables como miembros de la sociedad. Vale la pena pensar en la regularidad migratoria como una oportunidad para Chile y no solo limitarse a pensar en la expulsión de quienes ya están en el país.

Mons. Moisés Atisha
Obispo De La Diócesis De San Marcos De Arica
Presidente Instituto Católico Chileno de Migración – INCAMI

Artículo publicado en Revista Mensaje

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