HISTORIAS DE CIRCO

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“El aporte de ustedes (el circo) a la sociedad chilena es sumamente importante, ustedes pintan el gris de la vida cotidiana con la alegría y sus intervenciones artísticas, y le dan el colorido del gozo y la alegría que hacen crecer y que nunca quieren destruir a nadie”.

(Cardenal Ricardo Ezzati, encuentro con el circo en el centro de Santiago,. 2017)

El circo tiene numerosas historias por contar, detrás de cada función se encuentra un sinnúmero de anécdotas que van haciendo parte de los recuerdos de un artista de circo. Cada momento es una experiencia que se convertirá en una historia por contar, y nuestras catequistas que hacen parte de la pastoral circense no son la excepción.

Adriana y Nancy no sólo son catequistas circenses, ellas son unas artistas de la fe que con cada una de sus palabras y con la experiencia de los años y muchos kilómetros recorridos,  enseñan que Dios tiene para cada uno una misión por cumplir, y a ellas les correspondió, tal vez uno de los mundos más maravillosos pero a la vez demandantes, el circo.

Los artistas son hombre y mujeres creyentes que han crecido creyendo que Dios está detrás de cada acto o malabar que presentan, en cada salto mortal o triple, en la red, en el trapecio, en la cuerda, etc. Es por esto que para el circense estar de la mano de Dios hace parte de su esencia y no entiende el show sin pensar que Dios le está acompañando.

Sin duda que su fe se debe entender diferente, su vida de oración es una praxis que no se entiende desde los modelos tradicionales de la práctica religiosa, pero hay que asegurar que detrás de cada hombre y mujer hay un gran cumulo de valores cristianos que no se encuentran en otro lado. La vida de circo es una gran fraternidad que siente la alegría y la tristeza en conjunto, la solidaridad con el que no tiene es siempre una preocupación y el deseo por el bien común es una constante. El circo es entonces un pequeño laboratorio social que nos permite entender que es posible entender y practicar una vida en común unión, con Espíritu que alienta a entender la relación con Dios a través de la relación con el que tengo cerca.

La vida de circo es para siempre, allí se nace y allí mismo se muere, allí, entre camas elásticas, rutinas de payaso, trapecio y malabares se crece, se aprende hacer niño, adolescente, y se aprende a vivir en casillas y a recorrer el país de norte a sur. Dentro de la carpa se aprende de lealtad, disciplina, camaradería, pero también se aprende de fe, de Jesús, de María, en conclusión de Dios.

Las familias son muy importantes en este último proceso, pero también lo es la dedicación y servicio de unas mujeres que estando en el circo han querido enseñar profundamente, y a su manera, la gracia de ser hijos de Dios. Ellas son las catequistas del circo, pertenecientes a la pastoral circense, trabajo conjunto que realizan con ayuda del Departamento de Movilidad humana del Arzobispado y  la capellanía circense.

Son mujeres que también saben que es ser artista, y que saben de gran manera la riqueza de ser hijos de Dios, ellas con su entrega y dedicación a este humilde servicio siguen acercando a los sacramentos a los artistas e hijos de artistas a un encuentro más cercano con Jesús y con la Iglesia.

Estas mujeres que entienden del arte circense pretenden que el circo sea también un espacio para las buenas costumbres cristianas; cada una de ellas tiene una historia por compartir y por contar. Aquí la historia de dos de nuestras catequistas.

Adriana Lillo es una mujer que en su mirada refleja sacrificio pero también mucho amor, sus ojos describen una vida que no siempre ha sido una gran temporada circense:

Conocí a mi esposo en un circo, debo decir que yo no pertenecía al circo ni tengo tradición en el mismo, lo mío hace parte un designio de Dios, que me puso en el circo, seguramente para cumplir con su voluntad.

Mi esposo, quien era trapecista, llegó con el circo a mi ciudad natal, Copiapo, y por cosas de la vida y el amor que se daba vueltas en unos jóvenes, nos enamoramos y él atendiendo seguramente a su corazón, sintió el deseo de pedirme en matrimonio, algo que me tomó de sorpresa ya que teníamos semanas de conocernos y yo no tenía la menor idea al mundo al que me enfrentaría.

El resultado de esa inusual propuesta fue un sí, y dejando mi familia y mi casa nos fuimos de gira por cuanta ciudad y villa nos encontrábamos; debo decir que era una vida realmente dura, en el circo se trabaja mucho y se duerme poco, todo se encuentra girando en torno a la función y a que ésta sea lo mejor posible. Los primeros años fueron maravillosos pero también una época de acomodarme y desacomodarme, de ir y venir.

De nuestra unión tuvimos 3 hijos, los cuales han sido parte también del circo y los cuales fueron aprendiendo las distintas labores que allí se realizaban; cuando llegó el tiempo de escolarización de nuestros hijos, tomamos la decisión de radicarme en Santiago, específicamente en Maipú para poder atender a las necesidades de los hijos, mientras que él, mi esposo, seguía en sus giras. Allí cerca a mi casa había una iglesia, y allí llevé a mis hijos para que se prepararán para los sacramentos, allí conocí a una monjita la cual insistía para que yo fuera catequista, después de tanta insistencia terminé por aceptar; acepté en mi corazón totalmente a Jesús, trabajé en sector número nueve de Maipú por más de 16 años, en los cuales me enamoré de Jesús y su palabra.

Mis hijos crecieron entre la parroquia y el circo, ellos hicieron sus vidas y siguieron participando del circo. Mi esposo tomó la decisión que debíamos regresar a la vida de circo, así que la tristeza me tomó por sorpresa, ya que me sentía muy bien enseñando en la Iglesia y participando de ella. Me preguntaba, ¿cómo te serviré lejos de tu Iglesia? De todas maneras mi fe seguía intacta y mi deseo de servirle a Dios fuera donde fuera. En cada pueblo donde iba participaba de la Eucaristía y de las actividades en las que pudiera participar, pero yo sentía una necesidad más grande de servir. Un día llegó un sacerdote español a visitar el circo y nos habló de la posibilidad de una pastoral del circo, contándonos las experiencias de pastoral circense en Europa y el gran potencial humano que en Chile teníamos para emprender una pastoral de este tipo. Así que fuimos explorando las posibilidades y el corazón se me volvió a llenar de gozo; así que junto a otras mujeres de iglesia y de circo emprendimos esta bella labor que ya lleva más de 10 años, transcurridos entre carpas y sacramentos, años en los cuales centenares de artistas se han preparado para los distintos sacramentos, desde bautismos hasta matrimonios.

Describir la sensación de cumplir una misión, la misión que Dios tenía para mí, me sigue llenado de ese amor que no se apaga, y hasta que Dios lo permita, seguiré enseñando la fe a los circos y artistas de Chile.

Nancy Ahumada es una mujer llena de fe y muy buena energía, siempre dispuesta al servicio y dar lo mejor de sí por el circo. Sus años reflejan toda una vida en el circo, todos le conocen como la tía Nancy, y su humor nos hace pensar que su vida es un show en el cual Jesús ha sido su artista principal.

Yo vengo de una familia circense y toda mi vida estuve en el circo, con excepción cuando estudiaba ya que esos años no se daban las facilidades como ahora para estudiar, y mi padre se quedó estable en Caldera (es una ciudad portuaria de la región de Atacama, en el norte de Chile) y ahí fue más fácil estudiar y  también tuve la oportunidad de prepararme para hacer mi primera comunión, el inicio de mi enamoramiento a Jesús Eucaristía.

Desde siempre tuve ese contacto con mi fe en Dios, y eso me ha servido para llevar mi vocación y talento de buena manera. Me case con un circense y tuve 7 hijos, y entre las labores del circo siempre estuve atenta a la educación de mis hijos, los cuales todos, a pesar que pudieron estudiar profesionalmente, decidieron que su vida fuera del circo no tenía sentido. Entre las giras dentro y fuera del país, tuve dos hijos que nacieron fuera de Chile, una de ellas en Perú, específicamente en Tumbes; y otra de mis hijas en Bolivia, una historia muy triste porque ella nació en Santa Cruz de la Sierra y con la precariedad del circo en esos tiempos y las dificultades de transporte y desplazamiento falleció de muerte súbita. Siempre pensé que el reino de Dios no tiene fronteras, es por eso que quisimos darle cristina sepultura allá. Los circenses  somos migrantes que vamos llevando nuestro arte para enriquecernos de cultura, y nos adaptamos a cada país, en el circo aprendemos a sentirnos parte del lugar a donde vamos y el circo jamás discrimina.

La vida continúo y llegamos a Chile después de 18 años, después de haber pasado un tiempo largo en Argentina, donde parte de mis hijos crecieron e hicieron sus sacramentos, siempre en el circo.

Después de tantos años de estar fuera me encontré un Chile diferente, hasta puedo decir que me sentía extranjera en mi propio país, por suerte en el circo y entre el gremio siempre hay un clima que te hacen sentir en casa. Y de regreso a la vida circense en Chile, me reencontré con unas muy buenas amigas, que conocía del circo, porque todos en el mundo circense nos conocemos, estaban organizando la pastoral del circo y me invitaron para hacer parte de este lindo proyecto, sin saber mucho acepté y fui aprendiendo sobre la fe y los sacramentos. Dios me premió con esta gran misión donde yo solo soy un granito de mostaza dentro de todas las necesidades que hay en la pastoral; sin soberbia doy lo que pueda para el bien de mi gremio, que quiero tanto, para que estén cerca de Dios.

Doy gracias a Dios por cada día y por tantas bendiciones recibidas, la pastoral me permitió conocer Roma y al Santo Padre, esto fue un sueño y una experiencia maravillosa, conociendo tantos talentos que hombre y mujeres de todo el mundo tienen para el servicio de la alegría. Ahora que el Papa está en Chile dije presente en la Misa del parque, con mucho sacrificio pero feliz de darle la bienvenida a un mensajero de la palabra de Dios.

Ya son 10 años en la Pastoral y si Dios lo permite seguiré mi peregrinar en el circo llena de fe para que conozcan a Dios y contar que en el circo somos  todos migrantes sin fronteras.

El Departamento de Movilidad Humana quiere a través de este pequeño artículo agradecer  la profunda e importante labor de las catequistas de la pastoral circense; Adriana, Nancy, Silvia, Sonia y Raquel. Mil gracias, Dios seguirá bendiciendo su labor.

Por: Wilmar Rodríguez

Departamento de Movilidad Humana

Pastoral circense

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